sábado, 15 de agosto de 2026

Buenas intenciones, malas políticas

 


Apuesto que más de una vez ha pasado por su mente que la clase política gobierna con ocurrencias. ¿A quién se le ocurrió hacer ese puente peatonal ahí? ¿Qué demonios estaban pensando cuando inventaron este trámite? ¿Por qué piden tantos requisitos para hacer esto o lo otro?  En fin, ejemplos de incongruencias hay muchos.

Les voy a contar cómo suelen hacerse las políticas públicas, por lo menos a nivel municipal. Aunque en la mayor parte de los casos las directivas tienen buenas intenciones, también tienen esta mala práctica de copiar lo que existe en otros lados o llevar sus “ideas” a la realidad sin explorar alternativas ni diagnosticar el problema que pretenden gestionar.

Desde el primer día que comencé a trabajar en un instituto municipal de planeación urbana se me dio una tarea. Se trataba de desarrollar y echar a andar un programa de capacitación que serviría para la certificación de una nueva figura de gestoría en esos temas: “los peritos de desarrollo urbano”. La idea era crear una nueva coordinación de la que eventualmente me haría responsable. Me aseguraron que ya se había enviado una propuesta de reforma al área jurídica del gobierno central y en cuanto la aprobaran habría que implementarla. Sobre el problema público no me especificaron nada.

La directiva instruyó a la coordinación jurídica para que me entregara la propuesta de reforma previamente elaborada. Pero la burocracia no siempre trabaja con la mejor actitud. Cuando le solicité a la abogada la documentación ella solo me respondió: “de este trabajo me voy a encargar yo”. No quise involucrarme en un problema y le contesté que hiciera lo que considerara prudente. Tuve que consultar varias veces a distintas compañeras para que me aclararan la razón de fondo de aquella propuesta.

Tras muchas preguntas, descubrí que quienes presentaban estudios urbanos cometen con frecuencia errores técnicos básicos. Tal situación generaba descontento en los desarrolladores quienes se quedaban con la percepción de que la tramitología era la que detenía sus procesos (y sus inversiones) dejando una impresión negativa sobre el funcionamiento de la organización. Además, el personal afirmaba que esa situación generaba incrementos en la carga de trabajo algunos eran revisados hasta por tres ocasiones y después la tercera ocasión, las personas desarrolladoras debían pagar de nuevo por la revisión. Esto podría culminar en un problema grave pues existen estudios que, por el tipo de actividad y dimensiones del proyecto deben invertir decenas de miles de pesos.

Cuando finalmente accedí a la propuesta de reforma, confirmé que era un desastre. Tenía errores básicos: se incorporaba un proceso regulatorio dirigido a los desarrolladores en el Acuerdo de Creación, un instrumento normativo cuya función es establecer la naturaleza y las atribuciones esenciales de la entidad, así como sus órganos de dirección y administración. La exposición de motivos usaba un lenguaje excesivamente técnico y, aunque estaba dirigido a las personas integrantes del Ayuntamiento, la verdad es que no todas cuentan -ni tiene por qué contar- con conocimientos en esa materia.

También detecté una incorrección política, en mi opinión, muy grave. En la exposición de motivos en lugar de plantear el problema como una deficiencia institucional pues no se tenían los mecanismos para acreditar y garantizar la capacidad técnica de quienes elaboran los estudios, atribuían el problema a la falta de idoneidad y experiencia de las personas profesionistas. Por eso, la directiva tuvo la idea de implementar en el municipio lo mismo que se hacía en otros gobiernos locales, por eso no se habían explorado otras alternativas de solución. Lo peor de todo es que el proceso estaba por llegar a la comisión de Cabildo.

Confieso que estuve un día o dos en shock. ¡¿Cómo iba a resolver este galimatías?! Ya para entonces arrastraba los pies y me quedaba viendo por horas la pantalla de la computadora. Para colmo esa entidad casi no tenía recursos, la carga de trabajo era excesiva y la paga era muy mala. Estuve a punto de hacer “únicamente” lo que me pidieron, nomás, no menos. Al fin que la responsable de ese vericueto no iba a ser yo. Para mi desfortuna, mi conciencia no me dejó.

Estudié a fondo el asunto. Detecté que eran no más de 7 las personas gestoras urbanas (quizá menos). La tramitología podía durar entre 43 a 514 días. Identifiqué que el proceso estaba integrado por varias etapas y me di cuenta cuáles eran las más problemáticas, contabilicé el promedio de observaciones por estudio y algunos de los temas que más ocasionan confusión.

Mi propuesta fue parecida a la original, pero en realidad era otra. Elaboré un programa operativo y establecí la meta del programa. El objetivo ahora ya no sería quitarle carga de trabajo a la burocracia, aunque al final ese fuera su efecto colateral. El nuevo objetivo fue mejorar la eficiencia y calidad de los trámites de desarrollo urbano mediante la reducción de tiempos de resolución y la incorporación de estudios técnicos más rigurosos, pertinentes y alineados con la normatividad.

Conservé las acciones de capacitación como el núcleo del programa. También definí como indicador la tasa promedio de observaciones por estudio y la cantidad de profesionistas capacitados. No consideré adecuado incluir la reducción de los días de tramitación porque gran parte de los retrasos parecían responder a indefiniciones propias del desarrollador.

Además de eso, revisé las guías que la organización proporcionaba a las personas gestoras de desarrollo urbano.  Detecté muchas “áreas de oportunidad” para que ese documento se comprendiera mejor y estableciera con claridad los criterios de elaboración de los estudios urbanos. Me armé de valor y les hice una propuesta: no era necesaria una coordinación (adiós ascenso, adiós incremento salarial). En cambio, sugerí que se estableciera una Secretaría Ejecutiva asignada a la dirección, para que se hiciera cargo formalmente de ese programa y al mismo tiempo se aprovechará el recurso humano en otros temas de relevancia para la institución. 

Creí que esa era una mejor propuesta que la encomienda original. También reconozco que quizá existan 20 alternativas mejores que aporten una solución al problema, pero de lo que estoy segura es de que las mejores intenciones no construyen políticas públicas efectivas y robustas. Hace falta tomarlas con seriedad y partir de un buen diagnóstico, porque de ellas depende la calidad de vida de la ciudadanía.

Colofón: a la fecha sigue sin implementarse el programa, ni este ni el original. Por mi parte, continué con mis estudios de doctorado en Gobierno y Políticas Públicas y yo ya no trabajo en el sector público, pero esa… esa es otra historia.