martes, 17 de febrero de 2026

Prejuicios disfrazados de opinión

Fuente: Elaboración propia a partir de INALI con datos de INEGI, 2025
Las barras con etiquetas en rojo, corresponden al número de agrupaciones de lenguas indígenas en riesgo de desaparecer, a partir del ITLI (proxy)

Hace unos días tuve un desencuentro con un compañero del doctorado. Le molestó que la toma de protesta de la presidenta Claudia Sheinbaum se hubiera traducido a una lengua originaria. “¡No vale la pena!” —dijo— porque según él, más del 70% de la población no habla lenguas indígenas. Ese mismo compañero, nacido en Sinaloa, apenas escuchó que alguien asociaba, por alguna razón, la palabra “tomate” con “Aguascalientes” se desvió de su camino para corregirnos: “¡No, el tomate es de Sinaloa!”. En segundos, se convirtió en el embajador del tomate —y de la cultura sinaloense.

No sé si él se sienta racista, pero su comentario expresa un desprecio por lo indígena y por lo que representa una lengua en la esfera pública. En su caso, además, mezcla su animadversión hacia los gobiernos de la “cuatroté” (no se ahorra comentarios en su contra) y su desconocimiento sobre la importancia de las lenguas maternas, no solo para las comunidades que las hablan, sino para la constitución de las personas. Abraza al tomate como parte de su identidad cultural, pero no puede ver que, para los pueblos originarios, la lengua cumple esa misma función: es pertenencia, memoria y comunidad.

La lengua materna no solo es el primer idioma que aprendemos a hablar. Con ella adquirimos competencias de primer orden que dificilmente se podrán replicar con el aprendizaje de otro idioma (Slavkov, 2016). La lengua materna no es algo natural, es una metáfora cuyo significado va más allá de ser la lengua aprendida en la familia. Además, significa pertenencia, identidad, origen y comunidad (Prieur, 2013). De ahí su importancia.


Las políticas públicas dirigidas a revitalizar las lenguas originarias no se proponen únicamente salvar palabras. En realidad, su objetivo es más amplio: se busca proteger identidades, historias y cosmovisiones (UNESCO, 2024). El declive de las lenguas hace que se pierda patrimonio cultural inmaterial, y con ello parte de los saberes que se han transmitido por generaciones. En términos cognitivos, la muerte de una lengua a menudo implica perder formas de organizar y expresar pensamientos. La muerte lingüística también podría deteriorar la capacidad de las personas para acceder al sentido que tienen de sí y que asocian a esa lengua, lo que, según varios estudios, puede conducir a una crisis de identidad (imaginen a Sinaloa sin tomates [y sin Tomateros]). La marginación que genera la muerte de una lengua abre un camino hacia la disfunción social (Low et al., 2022).

Lo que le pasó a Hawai’i y a muchas comunidades del mundo

Pensemos en el mensaje de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl 2026, donde incluso apareció Ricky Martin para interpretar “Lo que le pasó a Hawai’i”. La canción usa a Hawai’i como metáfora de advertencia: “que no nos pase lo mismo”, para hablar del riesgo de pérdida de identidad y desplazamiento en Puerto Rico. Esa canción alude a la anexión violenta que sufrió la isla por parte del gobierno de los Estados Unidos. Entre los agravios se cuenta la pérdida de su lenguaje nativo, el Ōlelo Hawai.


La letra sugiere conservar la identidad cultural de Puerto Rico. El caso hawaiano sirve para recordar que la lengua también es un campo de disputa: el Ōlelo Hawaiʻi fue marginado durante décadas y, a partir de los sesenta y setenta, durante el llamado Renacimiento Hawaiano, se impulsaron procesos de revitalización cultural que caminaron junto con el resurgimiento de prácticas como la navegación tradicional. No es un episodio aislado: la recuperación de lenguas se repite en muchas regiones (por ejemplo, māori en Nueva Zelanda; ainu en Hokkaidō, Japón; y, en México, el kumiai en Baja California).

Amor Ekushey

El 21 de febrero se celebra el día de la lengua materna (UNESCO, 2025). La fecha fue aprobada por la Conferencia General de la Unesco en 1999 a iniciativa de Bangladesh y se celebra en todo el mundo desde el año 2000. La parte triste es que el 21 de febrero remite a los hechos de 1952 en Dhaka (entonces Pakistán Oriental), cuando manifestantes que defendían su lengua materna fueron reprimidos y varios estudiantes murieron por disparos policiales. En Bangladesh, esa conmemoración es conocida como Amar Ekushey y suele acompañarse de actos públicos para recordar que la lengua materna está ligada a dignidad, identidad y derechos.


El 21 de febrero nos recuerda que la lengua no es conflicto y es derecho. Entonces es necesario preguntarnos: ¿qué está pasando con nuestras lenguas indígenas? Para responder a esa duda, revisé datos y elaboré un índice de transmisión.

¿Cuál es la situación en México?

Para estimar qué tanto se están transmitiendo las lenguas indígenas en México, construí un índice simple de transmisión intergeneracional con datos de INALI. Dividí la población hablante de 3 a 14 años entre la población hablante de 45 años y más. Cuando el cociente se acerca a 1 (o lo sobrepasa), sugiere que la lengua está llegando a las nuevas generaciones; mientras más se aleja de 1 hacia 0, indica una transmisión débil y, por tanto, un mayor riesgo de desaparición. Este índice es un proxy y no explica por sí solo las causas del declive, pero sí captura cómo se está comportando la transmisión lingüística entre generaciones.


El INALI registra un total de 67 grupos de lenguas indígenas. En general, encontré que muchas lenguas muestran transmisión baja, aunque algunas mantienen una dinámica favorable. Esto sugiere que el fenómeno no se comporta igual en todas las regiones del país, pero que en conjunto la tendencia dominante es de debilitamiento.


A partir de este índice encontré dos panoramas distintos. Por un lado, hay lenguas en las que cada vez menos niñas, niños y adolescentes las hablan, lo que sugiere que la transmisión dentro de las familias y las comunidades se está debilitando. En esa situación aparecen: mayo, awakateko, ayapaneco, chocholteco, chontal de Oaxaca, cucapá, cuicateco, ixcateco, ixil, jakalteko, kaqchikel, k’iche’, kickapoo, kiliwa, kumiai, mam, matlatzinca, maya, mazahua, oluteco, otomí, paipai, pápago, qato’k, sayulteco, teko, tepehua, texistepequeño, totonaco y zapoteco. En conjunto, estas lenguas suman 2 millones 17 mil 94 hablantes.


Por otro lado, hay un grupo más pequeño en el que la lengua sí está llegando con fuerza a las nuevas generaciones, es decir, se sigue aprendiendo y usando desde edades tempranas. En este grupo están: tepehuano del sur, cora, huichol, tepehuano del norte, tseltal, tsotsil, chuj, lacandón, tlapaneco, tojolabal, ch’ol, akateko, pame y tarahumara. En conjunto, reúnen 1 millón 866 mil 907 hablantes.


Esto significa que no todas las lenguas están en la misma situación. Algunas están resistiendo mejor que otras. Pero el panorama general apunta a que la transmisión se está debilitando.

¿Puede el odio político atentar contra la pluriculturalidad de un país?

Yo creo que sí. Porque cuando el odio se vuelve identidad, dejamos de escuchar razones y empezamos a despreciar lo que es diferente a nosotros: una traducción, una lengua, una presencia en el espacio público. La lección que nos deja el embajador del tomate es que tener estudios no garantiza empatía o sensibilidad; lo que marca la diferencia es la capacidad de reconocer al otro como igual en dignidad, aunque no se parezca a nosotros ni piense como nosotros.


La pluralidad se sostiene también en las lenguas: en el derecho a hablarlas, a mostrarlas y a escucharlas sin vergüenza. Zizek lo resume con una frase incómoda: la tolerancia puede ser racismo con buenos modales. La pregunta final no es si “toleramos” ideas como la de mi compañero de posgrado; la pregunta es si vamos a seguir tratándolas como opiniones respetables cuando, en los hechos, niegan el lugar de otros en el país.

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